La infancia debería ser,
obligatoriamente, un tiempo de felicidad sin límites, de risas
constantes, de sana alegría, una época en la que reinasen los más
bellos recuerdos que puedan quedar impresos en la retina, que
sirviesen de guía y modelo para que, más tarde, en la época
adulta, germinasen en toda su esencia dando sustento y sentido a
nuestro discurrir por un mundo que pretendemos hacer mejor.
Quizá entonces esos vientos nacidos
desde el gozo de la vida, arrastrasen la semilla del Bien por la faz
de la tierra, respondiendo por fin a la eterna pregunta del porqué
estamos aquí. Y así no tendríamos que afanarnos en, como decía
Camus, enfatizar los actos buenos buscando empequeñecer los malos,
atribuyéndoles de esta manera más protagonismo del que merecen.
Y aprovechando el viaje, añado un
pequeño decálogo del buen padre (y padra) que me envió un amigo: