miércoles, 1 de febrero de 2017

La infancia.

           La infancia debería ser, obligatoriamente, un tiempo de felicidad sin límites, de risas constantes, de sana alegría, una época en la que reinasen los más bellos recuerdos que puedan quedar impresos en la retina, que sirviesen de guía y modelo para que, más tarde, en la época adulta, germinasen en toda su esencia dando sustento y sentido a nuestro discurrir por un mundo que pretendemos hacer mejor.

          Quizá entonces esos vientos nacidos desde el gozo de la vida, arrastrasen la semilla del Bien por la faz de la tierra, respondiendo por fin a la eterna pregunta del porqué estamos aquí. Y así no tendríamos que afanarnos en, como decía Camus, enfatizar los actos buenos buscando empequeñecer los malos, atribuyéndoles de esta manera más protagonismo del que merecen.

Y aprovechando el viaje, añado un pequeño decálogo del buen padre (y padra) que me envió un amigo:
  1. Valora a tu hijo. 
  2. Cree en tu hijo.
  3. Ama y respeta a tu hijo.
  4. Elogia a tu hijo.
  5. Comprende a tu hijo.
  6. Alégrate con tu hijo.
  7. Acércate a tu hijo.
  8. Sé coherente.
  9. Prevenir es mejor que castigar.
  10. Reza con tu hijo.