viernes, 25 de noviembre de 2016

Se busca: persona que hable y escriba bien.

 Este escrito lo mandé hace un mes a bastantes periódicos de ámbito nacional y, hasta la fecha, en ninguno me dijeron que lo hubiesen publicado. Supongo que no les gustó. 

Se busca: persona que hable y escriba bien.

Leyendo Ivanhoe, de Sir Walter Scott, me topé con esta frase: “Si Vuestra Majestad lo hace sólo ha de traer consecuencias perniciosas para vuestra causa”. Me detuve un momento y me enredé en la siguiente reflexión: según la difunta antigua regla de escritura, sólo se acentúa cuando equivale a solamente, si mal no recuerdo. Actualmente, por lo visto y con estas modernidades de nuestros padres académicos, queda al arbitrio del autor acentuarla o no. De manera que, en dicha frase, de no acentuarse, tendríamos un evidente problema de interpretación.

Coincidía este hecho con el de haber encontrado hacía poco en un libro de Matemáticas de Anaya (ni más ni menos), otra patada al diccionario en relación con el está, ésta y esta, y cuándo deben acentuarse. En realidad, como bien sabrá el lector, todas las palabras tienen acento, coincidente con el golpe de voz y lo que se hace es ponerle una tilde allá donde las reglas lo indiquen. Pues bien, en dicho libro faltaban unas cuantas tildes donde debía haberlas. Ojeé las últimas páginas y encontré una fogosa advertencia al lector quisquilloso de que ese libro estaba sometido a los rigurosos controles ortográficos de la RAE. De igual forma, parece que sobre este asunto nuestros ilustres maestros han preferido perdonarnos el suplicio de tener que memorizar otra regla más y así, flexibilizándola, curarse en salud. Pero en mi humilde opinión es posible que la lengua del Quijote pierda bastante precisión y riqueza.

Y es que por todos lados son continuas las patadas al diccionario, desde periodistas televisivos (supuestamente licenciados, que no han debido leer media docena de libros, ya no en la carrera, sino en su vida), locutores de radio (de emisoras a priori selectas), libros escolares e infantiles -redactados lamentablemente y con faltas-, textos en internet sin ningún tipo de rigor ortográfico, gente que ocupa puestos de relevancia en empresas escribiendo emails con errores de parvulario, dobladores de cine que no saben diferenciar un infinitivo de un imperativo, incluso y para mi tristeza, amistades doctas y leídas, profesores y escritores, a los que con frecuencia les abandonan estas reglas... En fin, la lista es aterradora, continua y con visos de no tener límite en el espacio-tiempo.

Bueno... ¿y ahora qué? Pues ahora nada, sólo se me ocurrió pensar que si alguno de nuestros Migueles (Cervantes, Unamuno) levantase la cabeza, no sé cómo entendería esta laxitud acomodada y poco exigente de perdonar las “faltas menores”.

Quizá, como Abraham intercediendo ante Dios por Sodoma para que no la destruyese, habría que preguntarle a alguno de esos Migueles, “Y si encontramos al menos a 50 inocentes que hablen y escriban con corrección, ¿no condenarás el idioma español a la hoguera?” A ver qué decían...


sábado, 19 de noviembre de 2016

¿Y qué pasó con la fauna?

Este es un escrito que, después de una interesante charla durante el pasado verano con una persona muy querida, por entrañable y sencilla, decidí enviar a un periódico de Zamora y, que unos días más tarde, fue publicada en la sección de cartas al director. 

¿Y qué pasó con la fauna?

Cuentan los más viejos que van quedando por estas tierras castellanas, que antes salías al campo y veías de todo, pájaros de variadas clases y colores, lagartos, zorros, culebras, pequeños mamíferos. Dicen que ahora, desde hace tiempo, no se ve nada. Que sales a pasear y apenas hay 4 tordos. ¿Dónde fueron a parar todos ellos?

Hace casi 40 años ocurrió un fenómeno que cambió todo el paisaje y relieve de Castilla y este fue el de la concentración parcelaria. Las razones por las que esto ocurrió posiblemente las tenga más frescas el lector de más de esos 40 años, que el que suscribe, que apenas los supera. Parcelas pequeñas y alejadas pertenecientes al mismo dueño, conflictos generados por los deficientes accesos a terrenos sin camino propio, la imposibilidad de utilizar maquinaria pesada en angostos espacios, caminos estrechos y sin mantener, etc. Y entre sembrados, linderas de matorrales, vides y árboles de todo tipo, que cobijaban esa fauna variopinta por la que preguntábamos en el título. Todo esto llevó a un reajuste casi obligado en aquellas grandes extensiones salpicadas de variados cultivos y colores.

Hay quien opina que esta decisión fue un error, que la concentración trajo la extinción; y posiblemente no le falte razón. Una gran escoba barrió toda esa selva multicolor, allanó los terrenos, limpió la vegetación y, con regla y cartabón, sabios ingenieros diseñaron el nuevo reparto de la manera más justa posible (aunque ya sabemos que esto nunca es fiel) dejando la piel de Castilla tal y como ahora la conocemos.

La foto era casi de tablero de ajedrez. Terrenos perfectamente geométricos delimitados por grandes y cuidadas pistas que partían de cada pueblo en todas direcciones. Una vez más, modificamos el entorno a nuestro favor, pero pagando un precio muy alto. En esta nueva distribución, nadie se acordó de fauna y flora.

Así, ver hoy en día algo diferente al trigo o la cebada, disfrutar de otro olor que no sea el de la cosecha, cruzarte un día de primavera con una culebra, intuir un lagarto, encontrar un pequeño mamífero, es cada vez más complicado. En la guerra entre el hombre y la naturaleza, nuevamente ganó aquel. Es cierto que, puntualmente, han crecido o se han mantenido las poblaciones de algunas especies, como ciertas rapaces (milanos, ratoneros, cernícalos) que no son difíciles de observar. Bandadas de perdices o tímidos conejos, posiblemente su alimento impuesto, en ocasiones atraviesan los campos cultivados, pero ya nunca será en la cantidad que algunos recuerdan. A modo de plaga bíblica, cíclicamente se producen invasiones de topillos, señal inequívoca del desequilibrio que provocamos. ¿Será la simbólica venganza de nuestra madre naturaleza?

El otro capítulo es el del uso excesivo y casi irracional de los herbicidas. Pero eso queda para otro día.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Entrada

              Más con ánimo de conservar escritos o pensamientos que la vida me vaya trayendo que con otra intención, comienzo aquí, sugerido por una buena amiga, esto que una persona que me conoce bien ha bautizado como mi Porreblog, en alusión al abuelo porreta que todos (o casi todos) llevamos dentro. Si alguien, por casualidad, distracción o conminación de mí mismo, acaba aquí, confío en que al menos no le desagrade lo que encuentre.

Así que nada. Allá vamos.