Este escrito lo mandé hace un mes a bastantes periódicos de ámbito nacional y, hasta la fecha, en ninguno me dijeron que lo hubiesen publicado. Supongo que no les gustó.
Se busca: persona
que hable y escriba bien.
Leyendo Ivanhoe,
de Sir Walter Scott, me topé con esta frase: “Si Vuestra
Majestad lo hace sólo ha de traer consecuencias perniciosas para
vuestra causa”. Me detuve un momento y me enredé en la
siguiente reflexión: según la difunta antigua regla de escritura,
sólo se acentúa cuando equivale a solamente, si mal
no recuerdo. Actualmente, por lo visto y con estas modernidades de
nuestros padres académicos, queda al arbitrio del autor acentuarla o
no. De manera que, en dicha frase, de no acentuarse, tendríamos un
evidente problema de interpretación.
Coincidía este hecho
con el de haber encontrado hacía poco en un libro de Matemáticas de
Anaya (ni más ni menos), otra patada al diccionario en relación con
el está, ésta y
esta, y cuándo
deben acentuarse. En realidad, como bien sabrá el lector, todas las
palabras tienen acento, coincidente con el golpe de voz y lo que se
hace es ponerle una tilde allá donde las reglas lo indiquen. Pues
bien, en dicho libro faltaban unas cuantas tildes donde debía
haberlas. Ojeé las últimas páginas y encontré una fogosa
advertencia al lector quisquilloso de que ese libro estaba sometido a
los rigurosos controles ortográficos de la RAE. De igual forma,
parece que sobre este asunto nuestros ilustres maestros han preferido
perdonarnos el suplicio de tener que memorizar otra regla más y así,
flexibilizándola, curarse en salud. Pero en mi humilde opinión es
posible que la lengua del Quijote pierda bastante precisión y
riqueza.
Y es que por todos lados
son continuas las patadas al diccionario, desde periodistas
televisivos (supuestamente licenciados, que no han debido leer media
docena de libros, ya no en la carrera, sino en su vida), locutores de
radio (de emisoras a priori selectas), libros escolares e
infantiles -redactados lamentablemente y con faltas-, textos en
internet sin ningún tipo de rigor ortográfico, gente que ocupa
puestos de relevancia en empresas escribiendo emails con
errores de parvulario, dobladores de cine que no saben diferenciar un
infinitivo de un imperativo, incluso y para mi tristeza, amistades
doctas y leídas, profesores y escritores, a los que con frecuencia
les abandonan estas reglas... En fin, la lista es aterradora,
continua y con visos de no tener límite en el espacio-tiempo.
Bueno...
¿y ahora qué? Pues ahora nada, sólo se me ocurrió pensar
que si alguno de nuestros Migueles (Cervantes, Unamuno)
levantase la cabeza, no sé cómo entendería esta laxitud acomodada
y poco exigente de perdonar las “faltas menores”.
Quizá, como Abraham
intercediendo ante Dios por Sodoma para que no la destruyese, habría
que preguntarle a alguno de esos Migueles, “Y si encontramos
al menos a 50 inocentes que hablen y escriban con corrección, ¿no
condenarás el idioma español a la hoguera?” A ver qué decían...
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